La magia de las historias en el Cementerio de las Historias No Contadas
En las páginas finales de
Alma Cruz, conocida como Scheherazade, es una celebridad literaria dominico-americana al final de su carrera. Tras la muerte de su padre, hereda un terreno en un barrio cuestionable de Santo Domingo, cerca del vertedero de la ciudad. Allí construye un cementerio para enterrar todos los textos inacabados cuyos personajes nunca ha podido sacar de su cabeza, pero tampoco ha logrado plasmar con éxito en papel. Sin embargo, estos personajes no descansan en paz. En particular, dos novelas incompletas –una sobre el padre de Alma, un médico dominicano exiliado a EE.UU., y otra sobre Bienvenida Trujillo, segunda esposa del brutal dictador dominicano Rafael Trujillo– se niegan misteriosamente a arder. Son estas dos historias las que se despliegan mientras los personajes inmortales se las cuentan primero a Filomena y luego entre ellos, mientras los mundos de la realidad y la narración fantasmal se entremezclan y superponen.
Todo suena terriblemente meta, ¿verdad? Historias que no pueden ser plasmadas en una novela contándose a sí mismas dentro del marco de otra novela y luego una de ellas convirtiéndose en una ‘novela real’ dentro del mundo de la novela misma. Y lo es. Pero el genio de Álvarez es tal que la inteligencia de la novela está tan subordinada a su conmovedora y bellamente renderizada narración, que nunca se impone, nunca se siente inteligente por sí misma. Al final, cuando vemos a Filomena reunida con su hermana distanciada, cuando aprendemos los dolorosos secretos del padre de Alma que ella misma nunca descubre, cuando tratamos de comprender cómo una mujer amable e inteligente puede amar obsesivamente a un hombre brutal y sin sentimientos, es la resonancia emocional de la novela la que perdura después de que lamentablemente la dejamos a un lado. Así es como toda inteligencia debería ser entregada. Si tan solo todos los escritores fueran capaces de ello.




